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ENFERMEDAD Y MUERTE DE JUAN PABLO II

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Juan Pablo II: «Si no puedo cumplir mi misión, quizá sea mejor que me muera»
El secretario personal de Juan Pablo II y su médico revelan en un libro presentado recientemente el adiós de un Papa sin miedo al dolor y sin miedo a la muerte. En el primer aniversario de su muerte recordamos sus últimos problemas de salud en su heroica etapa final
 
 
AP Seis días antes de su muerte no pudo dar la bendición a los fieles en San Pedro 
 
 
 
El gran libro de su pontificado
Cristianos de todo el mundo recordarán la muerte del Papa 
 

 
 

TEXTO: JUAN VICENTE BOO CORRESPONSAL

ROMA. «Si no puedo cumplir mi misión, quizá sea mejor que me muera», comentó Juan Pablo II el Domingo de Pascua del pasado año cuando se retiraba de la ventana después de haber sido incapaz de pronunciar la bendición «Urbi et Orbi». La traqueotomía le había impuesto silencio durante la Semana Santa, y el Papa reservaba todas sus fuerzas para ese momento, pero el cuerpo le traicionó. Durante un minuto, luchó por sobreponerse al párkinson y articular la primera palabra, pero sólo se oyó un estertor y un jadeo, mientras su rostro se deformaba por el tremendo dolor, primero físico y después moral. La muchedumbre rompió en un aplauso atronador, mientras las lágrimas brotaban a raudales en la Plaza de San Pedro y, simultáneamente, en todos los rincones del planeta, pues 104 cadenas retransmitían en directo a 74 países la fiesta más importante del año.

Aquel momento dramático del 27 de marzo de 2005 lo fue mucho más de lo que el mundo pudo ver, según ha revelado el secretario Stanislaw Dziwisz en el libro «Dejadme ir...», sobre la heroica etapa final de la vida de Juan Pablo II. El ahora cardenal arzobispo de Cracovia relata sobriamente aquel episodio en muy pocas líneas: «El Santo Padre había sufrido un durísimo golpe. Después de alejarse de la ventana dijo: «Quizá sea mejor que yo me muera, si no puedo cumplir mi misión», y enseguida añadió: «Hágase tu voluntad...Totus tuus». En toda su vida no había deseado ninguna otra cosa».

Apoyo espiritual

Aunque quizá lo intuyese, Juan Pablo II no sabía que su vida terrena concluiría tan sólo seis días más tarde, a las 21.37 del sábado 2 de abril, cuando litúrgicamente se celebraba ya el Domingo de la Divina Misericordia, la fiesta que él mismo había instituido en el Año Santo de 2000 en respuesta a la petición de Jesucristo a Faustina Kowalska.

El Papa no tenía miedo a la muerte, ni tampoco a la enfermedad o al dolor, cuyo misterioso valor sobrenatural había comentado en una larga carta a los enfermos de la archidiócesis de Cracovia el 8 de marzo de 1964, el día de su entrada en la catedral. El nuevo arzobispo les decía que se apoyaba espiritualmente en ellos pues «aunque el sufrimiento sea un mal, por Cristo y en Cristo se convierte en un bien». Veinte años más tarde, después de sufrir como Papa un grave atentado, escribiría la carta apostólica «Salvifici Doloris», publicada el 11 de febrero de 1984, fiesta de la Virgen de Lourdes, a cuyo santuario peregrinó de nuevo el 15 de agosto de 2004 en su viaje internacional número 104, que sería el último.

A un año de su agonía y fallecimiento, los testigos más directos de aquel drama -el secretario personal Stanislaw Dziwisz y el médico de cabecera Renato Buzzonetti- empiezan a levantar parte de un secreto profesional que ya no debe serlo pues los detalles de la santidad de vida de Juan Pablo II pertenecen ya al patrimonio del cristianismo. La primera entrega llega en el libro que recoge en su título las últimas palabras de Karol Wojtyla -«Dejadme ir a la casa del Padre»-, pronunciadas aquel 2 de abril de 2005 a las tres y media de la tarde, seis horas antes de fallecer.

Resistencia a los tratamientos

Se descubre así que el Papa era muy preciso con su médico a la hora de explicar los síntomas, en el intento de «acelerar la curación para volver a su trabajo». Otras veces, en cambio, rechazaba o retrasaba tratamientos que hubiesen frenado su actividad. En abril de 1994, resbaló y se rompió el fémur derecho la víspera de un viaje a Sicilia, al que no quería renunciar. Según el doctor Buzzonetti, «para convencerle de la gravedad de lo sucedido, realizamos en plena noche una radiografía en el mismo apartamento pontificio». La imagen dejó claro que la única salida sería hacia el hospital, donde se le implantó una prótesis de cadera.

Juan Pablo II se resistió mucho más frente a la apendicitis aguda que se manifestó el día de Navidad de 1995, cuando fue incapaz de terminar de leer el mensaje de felicitación. Durante meses y meses insistió en los tratamientos intentando evitar el quirófano, y aceptó volver de nuevo al Gemelli el 8 de octubre, cuando físicamente ya no podía más.

En 2002 apareció la artrosis en la rodilla derecha, pero el Papa se negó a que se le instalase una prótesis. Llevaba ya tiempo utilizando una plataforma móvil, que le permitía desplazarse de pie, descargando parte de su peso en la pierna izquierda y en los brazos. Desde ese momento, pasó a la silla de ruedas para el resto de sus días. Visto con la perspectiva de la historia, Karol Wojtyla tuvo siempre una fuerza de voluntad fuera de lo común, que brotaba de su intensa oración personal, y le permitió hacer, a lo largo de su vida, mucho más de lo que era físicamente posible.

Los primeros síntomas de párkinson aparecieron a finales de 1991. Según su médico personal, Juan Pablo II «infravaloró, durante mucho tiempo, algunos de sus problemas, y sólo tardíamente comenzó a preguntar por el temblor de la mano. Yo le decía que el temblor es el síntoma más visible de esta patología neurológica, pero que del temblor no se ha muerto nadie, aunque pueda ser un grave impedimento. Fue sobre todo la pérdida de equilibrio lo que llevó a situaciones críticas y, más adelante, el dolor osteoarticular en la rodilla derecha, que le impedía permanecer en pie».

Poco a poco, el párkinson iba ganando el pulso, y en la primavera del año 2000 el Papa añadió a su testamento una frase que revela sus dudas interiores: «A medida que se abre el siglo XXI y en el año en que mi edad llegará a los ochenta, hay que preguntarse si no es el tiempo de repetir con el bíblico Simeón: «Nunc dimittis»». El carácter poético de un texto deliberadamente ambiguo en los párrafos siguientes permite pensar en la muerte, pero también en la renuncia al Papado por grave incapacidad para ejercerlo, una posibilidad que él mismo introdujo en el nuevo Código de Derecho Canónico de 1983.

Una reveladora pincelada sobre las dudas y la decisión del Pontífice se asoma discretamente en las páginas de «En los alrededores de Jericó», el libro de recuerdos del cardenal español afincado en Roma Julián Herranz sobre sus 22 años con San Josemaría Escrivá y sus 26 años con Juan Pablo II.

El 17 de diciembre de 2004, después de una conversación con el fiel secretario privado del Papa, el presidente del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos anotó en su diario: «Hablamos de la opinión que yo le había manifestado -a petición suya- sobre la posibilidad de que el Santo Padre presentase la renuncia al cumplir los 75 o los 80 años. Le había respondido que, por motivos de edad, «no debía hacerlo», pues la «misión canónica» que los obispos reciben del Papa para gobernar una Iglesia particular es muy distinta de la que el Papa recibe en el momento de su elección y aceptación».

Según las notas del cardenal Herranz, Stanislaw Dziwisz «se limitó a comentar que «el Papa -que personalmente está muy despegado de su cargo- vive abandonado a la Voluntad de Dios. Se fía de la Divina Providencia». Además, «teme crear un peligroso precedente para sus sucesores», pues alguno podría quedar expuesto a maniobras y presiones sutiles de quien desease destituirlo».

Un mes y medio más tarde, el domingo 30 de enero de 2005, Juan Pablo II se entretuvo mucho tiempo en su ventana después del rezo del Ángelus mientras un par de chiquillos ponían en libertad dos palomas blancas, el símbolo de la paz, que regresaban una y otra vez al apartamento papal en medio del regocijo de los críos y del Santo Padre. La escena era enternecedora, pero el viento gélido pasó su factura: el Papa contrajo una gripe que obligó a anunciar la suspensión de todas sus audiencias hasta nuevo aviso.

A pesar de todo, según su médico, «los síntomas no hacían presagiar una evolución tan rápida y grave» como la que se produjo el uno de febrero, cuando un fortísimo espasmo laríngeo a última hora de la tarde creó un grave peligro de asfixia y el Papa fue trasladado urgentemente al hospital Gemelli.

El 10 de febrero, Juan Pablo II volvía al Vaticano pero, de nuevo, la situación era peor de lo que parecía, y el 24 de febrero se hizo necesaria otra carrera desesperada al Gemelli, esta vez para practicar una traqueotomía, imprescindible para que pudiese seguir respirando. El 13 de marzo, el Papa regresaba al Vaticano, quizá con la decisión ya tomada de no volver a abandonar su casa ni la cercanía de la tumba de Pedro.

Los últimos días

En su relato de los últimos días, el doctor Buzzonetti escribe que el 31 de marzo, «poco después de las 11.00, el Santo Padre, que se había trasladado a la capilla para celebrar la misa, sufrió una violenta sacudida de escalofríos, a la que siguió un fuerte aumento de temperatura hasta los 39,6 grados. Daba comienzo un gravísimo «shock» séptico con colapso cardiocirculatorio debido a una infección de las vías urinarias».

En ese momento crítico, su secretario le preguntó si deseaba volver al Gemelli pero, según el médico de cabecera, «el Papa manifestaba claramente la decisión de permanecer en su casa donde, por otra parte, estaba asegurada una atención médica cualificada y continua».

A media tarde, Juan Pablo II asistía desde la cama a la misa que celebró en su habitación el cardenal Marian Jaworski, su amigo desde los primeros años de sacerdocio. Una vez terminada, según el relato del médico, «el secretario y las hermanas de la casa besaron la mano del Papa, que las llamó a cada una por su nombre y añadió: «por última vez»».

El viernes uno de abril, Juan Pablo II asistió consciente a la misa celebrada en su habitación, escuchó la lectura del Vía Crucis e incluso la del breviario. El sábado 2 de abril, cuando comenzaba ya a sufrir períodos de inconsciencia, se despidió de sus colaboradores más cercanos de la Curia romana y sufrió una brusca subida de la fiebre a última hora de la mañana.

Según Stanislaw Dziwisz, «por la tarde, en un cierto momento, dijo: «Dejadme ir a la casa del Padre»». Al cabo de un rato «abrazaba con la mirada a las personas más cercanas y a los médicos que velaban a su lado». A las ocho de la tarde se celebró la misa, con el Viático. Poco después, «comenzaron a faltarle las fuerzas. Se le había puesto en la mano una vela bendita encendida. A las 21.37, Juan Pablo II dejó esta tierra. Los presentes cantaron el «Te Deum». Con lágrimas en los ojos daban gracias a Dios por el don de la persona del Santo Padre y por su gran Pontificado».

 

 

Fecha publicación: 2006-03-31

Comentario oficial sobre la última enfermedad, muerte y honras fúnebres de Juan Pablo II


CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 31 marzo 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario oficial sobre la última enfermedad, muerte y honras fúnebres de Juan Pablo II publicado por «Acta Apostolicæ Sedis» el 17 de mayo de 2005.

(Texto original latino)
Durante los últimos tiempos, la salud del Sumo Pontífice, ya anteriormente afectada por algunas dolencias, fue deteriorándose paulatinamente. Enfermo ya de gravedad, una gran muchedumbre —en la que destacaban los jóvenes por su cariño y atención— acudía con frecuencia a las inmediaciones de San Pedro con el deseo de acompañarle en su enfermedad, lo que despertó la admiración del mundo entero. Seguidamente, se describe detalladamente y explica en términos médicos esta última enfermedad, que fue agravándose gradualmente:

(Texto original italiano)
El 31 de enero, la Oficina de Prensa de la Santa Sede comunicó que las audiencias previstas para ese día quedaban suspendidas debido a un síndrome gripal padecido por el Santo Padre, y sucesivamente anunció el aplazamiento de las citas previstas y la suspensión de la Audiencia General del miércoles 2 de febrero.

El cuadro clínico se complicó con una laringotraqueítis aguda y crisis de laringoespasmo, situación que se agravó al anochecer del 1 de febrero. Se hizo necesaria una hospitalización de urgencia —en ambulancia equipada con unidad móvil de reanimación— en el Policlínico «Gemelli», con ingreso a las 22,50 del mismo día. El Santo Padre fue ingresado en la habitación que tenía reservada en la décima planta del Policlínico en el área del Servicio de Urgencias, dirigido por el profesor Rodolfo Proietti. Allí fue sometido a las oportunas terapias de asistencia respiratoria y a los necesarios controles clínicos.

Su evolución clínica fue positiva, por lo que el sábado 5 de febrero el Santo Padre siguió por televisión la ceremonia celebrada en la Sala Pablo VI con ocasión de la fiesta de la Virgen de la Confianza, patrona del Seminario Romano Mayor. Su permanencia en el hospital se prolongó durante unos días con el fin de permitir la estabilización del cuadro clínico.

Diariamente el Papa concelebraba la santa misa en su habitación. El Miércoles de Ceniza, durante la Eucaristía, impuso al Papa la ceniza, por él mismo bendecida, su secretario. Una vez completadas las pruebas diagnósticas —con inclusión de un TAC de cuerpo entero—, que permitían descartar otras patologías, el 10 de febrero el Santo Padre regresaba en coche al Vaticano hacia las 19,40.

En los sucesivos días se registraba una recaída de la habitual patología respiratoria caracterizada por fases alternas, estrechamente controladas por el personal médico vaticano, que asistía permanentemente al Papa. Su cuadro clínico se complicaba por la reiteración de episodios subintrantes de insuficiencia respiratoria aguda, causados por una estenosis funcional de la laringe, preexistente y ya documentada.

Al anochecer se registraba una nueva crisis que, pese a haber sido adecuadamente afrontada, hacía inaplazable una segunda hospitalización en el Policlínico «Gemelli», que tenía lugar a las 11,50 del
jueves 24 de febrero.

Allí se establecía indicación de traqueotomía electiva, que —con el consentimiento del Santo Padre— se efectuaba a lo largo de la tarde del mismo día. La intervención quirúrgica estuvo a
cargo del profesor Gaetano Paludetti, catedrático de Clínica Odontológica de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, y del doctor Angelo Camaioni, jefe de

Servicio de Otorrinolaringología del Hospital «San Giovanni» de Roma y especialista de la Dirección de Sanidad e Higiene del Estado de la Ciudad del Vaticano. Dirigió la anestesia el profesor Rodolfo Proietti, catedrático de Anestesiología y Reanimación de la Universidad Católica
del Sagrado Corazón.

Presenciaban la intervención el profesor Enrico de Campora, catedrático de Clínica Otorrinolaringológica de la Universidad de Florencia y asesor de la Dirección de Sanidad e Higiene del Estado de la Ciudad del Vaticano, y el médico personal del Papa, el doctor Renato Buzzonetti.
El posoperatorio se desarrolló sin complicaciones, y pronto se inició la rehabilitación de la respiración y de la fonación.

El 6 de marzo, el Santo Padre, revestido de una casulla rosa, celebraba la santa misa del IV Domingo de Cuaresma en la pequeña capilla anexa a su habitación y pronunciaba la fórmula de la bendición final con voz muy apagada y dicción relativamente buena.

El domingo 13 de marzo, el Papa regresaba hacia las 18,40 horas al Vaticano, donde lo recibían el cardenal Angelo Sodano, su Secretario de Estado, y sus colaboradores. Nada más entrar en su apartamento, acudía a la capilla para el rezo de las «Lamentaciones», que en polaco conmemoran
la Pasión del Señor.

Aseguraba constantemente la asistencia de la guardia médica un equipo vaticano formado por un total de diez médicos reanimadores, especialistas en cardiología, otorrinolaringología y medicina interna, auxiliados por cuatro enfermeros, bajo la dirección del médico personal de Su Santidad. Se habían activado equipos e instrumentos aptos para afrontar cualquier exigencia técnica.

En días sucesivos proseguía la lenta recuperación de las condiciones de salud del Papa, recuperación dificultada por una deglución muy problemática, una fonación muy trabajosa, un déficit nutricional y una astenia de considerable entidad.

El domingo 20 de marzo y el miércoles 23, el Santo Padre se asomaba a la ventana de su despacho, sin hablar, limitándose a bendecir con la mano derecha. El día de Pascua, 27 de marzo, el Papa permanecía unos 13 minutos ante la ventana abierta con vistas a la Plaza de San Pedro, atestada de fieles en espera del mensaje pascual. Sujetaba con la mano las hojas del texto, que, en el atrio de la
Basílica, leía con emocionada voz el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado. El Papa intentaba leer las palabras de la Bendición Apostólica, sin conseguirlo, y, en silencio, con la mano derecha, bendecía a la Ciudad y al mundo.

El 30 de marzo se comunicaba haberse emprendido la alimentación enteral mediante una sonda nasogástrica instalada con carácter permanente. Ese mismo día, miércoles, el Santo Padre se asomaba a la ventana de su despacho y, sin hablar, bendecía a la muchedumbre, que, atónita y dolorida, lo esperaba en la Plaza de San Pedro. Fue la última estación pública de su penoso vía crucis.

El jueves 31 de marzo, poco después de las 11, al Santo Padre, que había acudido a la capilla para la celebración de la santa misa, le acometía un escalofrío convulso, seguido por una fuerte elevación térmica hasta 39,6º. A ello le sucedía un gravísimo choque séptico con colapso cardiovascular, debido a una infección comprobada de las vías urinarias. Con carácter inmediato se tomaban todas las medidas terapéuticas y de asistencia cardiorrespiratoria adecuadas.

Se respetaba la voluntad explícita del Santo Padre de permanecer en su apartamento, donde, por otra parte, tenía asegurada una asistencia tan completa como eficaz.

A última hora de la tarde, se celebraba la santa misa al pie de la cama del Papa. Este concelebraba con los ojos entornados, pero, en el momento de la consagración, levantaba levemente el brazo derecho dos veces, es decir, sobre el pan y sobre el vino. También esbozaba el gesto de golpearse el pecho durante el rezo del «Agnus Dei».

El cardenal de Lviv de los Latinos le administraba la Unción de los Enfermos. A las 19,17 el Papa recibía la Santa Comunión. Sucesivamente, el Santo Padre pedía que se celebrara la «hora eucarística» de meditación y oración.

El viernes 1 de abril, a las 6 de la mañana, el Papa, consciente y sereno, concelebraba la santa misa.
Hacia las 7,15 escuchaba la lectura de las 14 estaciones del vía crucis, persignándose en cada una de ellas. Sucesivamente, expresaba el deseo de escuchar la lectura de la Hora de Tercia del Oficio Divino y de pasajes de la Sagrada Escritura.

La situación revestía notable gravedad y se caracterizaba por el deterioro alarmante de los parámetros biológicos y vitales. Se instauraba un cuadro clínico cada vez más grave de insuficiencia cardiovascular, respiratoria y renal.

El paciente, con visible participación, se asociaba a la plegaria continuada de quienes lo asistían.
A las 7,30 del sábado 2 de abril, se celebraba la santa misa en presencia del Santo Padre, que empezaba a presentar un deterioro inicial de la consciencia. A última hora de la mañana, recibía por última vez al cardenal Secretario de Estado y seguidamente se iniciaba una elevación brusca de la temperatura. Hacia las 15,30, con voz muy apagada y dicción confusa, en polaco, el Santo Padre rogaba: «Dejad que me vaya a la casa del Padre».

Poco antes de las 19 horas entraba en coma. El monitor documentaba el agotamiento progresivo de sus funciones vitales. Siguiendo una tradición polaca, una vela encendida iluminaba la penumbra de la habitación en la que la vida del Papa iba apagándose.

A las 20 horas se iniciaba la celebración de la santa misa de la fiesta de la Divina Misericordia, al pie de la cama del Papa moribundo. Presidía el rito el excelentísimo monseñor Stanislao Dziwisz, con la participación del cardenal Marian Jaworski, del excelentísimo monseñor Stanislao Rylko y de monseñor Mieczyslaw Mokrzycki.

Cantos religiosos polacos acompañaban la celebración y se fundían con los de los jóvenes y los de la multitud de fieles reunidos en oración en la Plaza de San Pedro. A las 21,37, Juan Pablo II descansaba en el Señor. Su fallecimiento, comprobado por el Dr. Renato Buzzonetti, lo confirmaba también la ejecución de un electrocardiotanatograma, que se prolongó durante más de 20 minutos, con arreglo a la normativa vaticana.

Acto seguido, acudieron a rendir homenaje al difunto Sumo Pontífice el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado; el cardenal Joseph Ratzinger, Decano del Colegio Cardenalicio; el cardenal Eduardo Martínez Somalo, Camarlengo de la Santa Romana Iglesia, así como varios miembros de la Familia Pontificia.

La declaración de defunción, firmada por el Dr. Renato Buzzonetti, Director de Sanidad e Higiene del Estado de la Ciudad del Vaticano, contenía el siguiente diagnóstico: «Choque séptico, colapso cardiovascular en persona enferma de Parkinson, episodios pasados de insuficiencia respiratoria aguda y consiguiente traqueotomía, hipertrofia prostática benigna complicada por urosepsis, cardiopatía hipertensiva e isquémica».

(Texto original latino)
El día 3 de abril, Domingo de la Divina Misericordia, a las 10,30, en la Plaza de San Pedro, se celebró una misa en sufragio del difunto Pontífice, presidida por el cardenal Angelo Sodano. A las 12 se rezó el Regina Cœli, oración mariana propia del Tiempo de Pascua, después de la cual se pronunció el siguiente discurso, que el Sumo Pontífice había preparado para la ocasión.

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Resuena también hoy el gozoso Aleluya de Pascua. La pagina del Evangelio de hoy de Juan subraya que el Resucitado, la noche de ese día, se apareció a los apóstoles y «les mostró las manos y el costado» (Juan 20, 20), es decir, los signos de la dolorosa pasión impresos de manera indeleble en su cuerpo también después de la resurrección. Aquellas llagas gloriosas, que ocho días después hizo tocar al incrédulo Tomás, revelan la misericordia de Dios que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Juan 3, 16).

Este misterio de amor está en el corazón de la liturgia de hoy, domingo «in Albis», dedicado al culto de la Divina Misericordia.

2. A la humanidad, que en ocasiones parece como perdida y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece como don su amor que perdona, reconcilia y vuelve abril el espíritu a la esperanza. El amor convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Divina Misericordia!

Señor, que con la muerte y la resurrección revelas el amor del Padre, nosotros creemos en ti y con confianza te repetimos hoy: Jesús, confío en ti, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

3. La solemnidad litúrgica de la Anunciación, que celebraremos mañana, nos lleva a contemplar con los ojos de María el inmenso misterio de este amor misericordioso que surge del Corazón de Cristo. Con su ayuda, podemos comprender el auténtico sentido de la alegría pascual, que se funda en esta certeza: Aquel a quien la Virgen llevó en su seno, que sufrió y murió por nosotros, ha resucitado verdaderamente. ¡Aleluya!

(Texto original latino)
A las 3 de la tarde del día siguiente [al de la muerte del Papa], el eminentísimo cardenal Eduardo Martínez [Somalo], camarlengo de la Santa Romana Iglesia, acudió según costumbre a la capilla en la que yacía el difunto Pontífice para, conforme a la Constitución Universi dominici gregis, reconocer su cadáver en la presencia del maestro de las Ceremonias Litúrgicas Pontificias, del vicecamarlengo, de los Prelados Clérigos de la reverenda Cámara Apostólica y del secretario-canciller de la misma.

El texto del acta de reconocimiento es el siguiente:

EN EL NOMBRE DE DIOS. AMEN. RECONOCIMIENTO DEL CADAVER DEL PAPA JUAN PABLO II DE SANTA MEMORIA EN SU DIA KAROL WOJTYLA.

El día 2 de abril de 2005, a las 21,37 horas, se complació el Altísimo en llamar a sí al que quiso la Divina Providencia que fuera nuestro Santo Padre, el Papa Juan Pablo II.

El eminentísimo y reverendísimo señor cardenal Eduardo Martínez Somalo, camarlengo de la Santa Romana Iglesia, junto con el excelentísimo y reverendísimo señor Piero Marini, maestro de las celebraciones litúrgicas, y con el excelentísimo y reverendísimo señor Paolo Sardi, vicecamarlengo, el reverendísimo señor Karel Kasteel, decano de los clérigos de la Cámara Apostólica, el reverendísimo señor Antonio Macculi, clérigo de la Cámara, el reverendísimo señor Vincenzo Ferrara, clérigo de la Cámara, así como con el infrascrito notario y canciller de la Cámara, el abogado Enrico Serafini, todos ellos convocados según el ceremonial por el citado maestro de las Celebraciones Litúrgicas, acudió a las 9 de la mañana del día siguiente al apartamento pontificio y, entrando con todas las personas mencionadas en la capilla privada de dicho Pontífice, halló en ella su cadáver, revestido de los hábitos pontificales.

El médico pontificio, doctor Renato Buzzonetti, leyó ante los presentes el documento que da fe de la muerte del Pontífice y de las causas de ésta. El cardenal Camarlengo, junto con su séquito, reconoció conforme al ceremonial el cadáver de Juan Pablo II, en su día Karol Wojtyla, y, tras reverenciar debidamente al difunto Pontífice y elevar fervorosas oraciones por su alma, abandonó el apartamento pontificio.

Dado en la capilla privada, el 3 de abril de 2005, en presencia de los infrascritos testigos:
+ Card. Eduardo Martínez Somalo, camarlengo.
+ Piero Marini, arzobispo titular de Martirano, maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias.
+ Paolo Sardi, vicecamarlengo.
Karel Kasteel, decano de la Cámara Apostólica.
Antonio María Macculi.
Vincenzo Ferrara.
Enrico Serafini, notario-canciller.

Una vez informado de la muerte del Sumo Pontífice Juan Pablo II, el eminentísimo cardenal Camillo Ruini, su Vicario en la Urbe, redactó la «notificación especial » prescrita por la constitución apostólica Universi dominici gregis para comunicar al pueblo romano la muerte de su Obispo:

(Texto original italiano)

Hoy sábado 2 de abril de 2005, a las 21,37 horas, Primeras Vísperas de la Fiesta de la Divina Misericordia, el Señor ha llamado a sí el alma bendita del Santo Padre Juan Pablo II. Nos recogemos en oración por él, que tanto nos amó, para que el Señor lo reciba en su eterna plenitud de vida. Damos gracias a Dios por habernos dado un pastor según su corazón, testigo de Jesucristo con la vida y con la palabra, que ha recorrido con incansable valor el camino que de Cristo conduce al hombre. Sabemos que este gran Padre no nos ha abandonado, y nos encomendamos a su intercesión para mantener íntegro y vivo entre nosotros su valioso legado de fe y de amor. Que la Virgen María, a la que Juan Pablo II consagró toda su vida, le estreche en sus brazos de Madre y proteja al pueblo de Roma.

+ Cardenal Camillo Ruini. Vicario General de Su Santidad para la Diócesis de Roma.

(Texto original latino)

Seguidamente, el maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias comunicaba la exposición del cuerpo del Santo Padre:

(Texto original italiano)

El domingo 3 de abril, a las 12,30 horas, el cardenal camarlengo presidirá en la Sala Clementina una celebración con la que se iniciarán las visitas a los restos mortales del Romano Pontífice difunto para que los fieles puedan rendirle el homenaje de la piedad cristiana. Se ruega a todos aquellos que, con arreglo al «Motu proprio Pontificalis Domus», componen la Capilla Pontificia y desean participar en dicha celebración, se encuentren a las 12,15 horas en la Sala Clementina, revestidos con su correspondiente hábito coral. El acceso al Palacio Apostólico se realizará a través del Patio de San Dámaso y quedará abierto hasta las 16 horas del domingo 3 de abril. Las visitas de los miembros de la Capilla Papal, de las autoridades y del Cuerpo Diplomático se reanudarán el lunes 4 de abril desde las 9 hasta las 16 horas. Ciudad del Vaticano, 3 de abril de 2005. Por orden del eminentísimo cardenal Camarlengo.

+ Piero Marini. Arzobispo titular de Martirano. Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias.

(Texto original latino)

El cuerpo del Sumo Pontífice, una vez trasladado y expuesto en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, fue piadosamente venerado por los eminentísimos padres cardenales, obispos y prelados de la Curia Romana, autoridades y miembros del Cuerpo Diplomático, así como por muchísimos fieles, que acudieron durante dos días para elevar oraciones por el eterno descanso del Santo Padre. La tarde del día para ello fijado, 4 de abril, el cuerpo de Juan Pablo II era trasladado piadosamente y sin pompa alguna a la Basílica Vaticana para recibir en ella el debido homenaje. Antes de entrar en la Basílica, permaneció unos instantes ante la fachada del templo, donde los sediarios lo giraron y mostraron a los fieles presentes en la plaza para venerarlo, muchos de los cuales empezaron a invocar entre lágrimas el nombre de Juan Pablo II. Seguidamente, fue introducido en la Basílica y depositado ante el baldaquino de Bernini. Allí el cardenal Camarlengo presidió una liturgia de la Palabra, concluida la cual comenzaron las visitas al cuerpo del Romano Pontífice. Durante cinco días, más de tres millones de personas desfilaron ante el difunto Pontífice. Debido a tan imponente afluencia de fieles, durante esos días la Basílica Vaticana permaneció abierta desde las seis de la mañana hasta la doce de la noche.

(Sigue la lista de los participantes en la ceremonia de traslación).

(Texto original latino)
El maestro de las Ceremonias Litúrgicas Pontificias impartió las siguientes instrucciones para la celebración de la misa de exequias:

(Texto original italiano)
Precederá a la misa de exequias del Romano Pontífice el depósito del cuerpo del difunto Pontífice en el féretro. Presidirá dicha ceremonia, el viernes 8 de abril de 2005 a las 7,30 horas, en la Basílica Vaticana, el señor cardenal Eduardo Martínez Somalo, Camarlengo de la Santa Romana Iglesia. Tras la misa de exequias, la «Ultima Commendatio» y la «Valedictio», tendrá lugar en la Cripta vaticana la ceremonia de inhumación, presidida por el cardenal Camarlengo.

(Sigue la indicación de los prelados que deben participar en ambas celebraciones).

Ciudad del Vaticano, 6 de abril de 2005

Por orden del Colegio Cardenalicio
+ Piero Marini. Arzobispo Titular de Martirano. Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias.

MISA DE EXEQUIAS

Antes de la misa de exequias, el cadáver del difunto Pontífice fue depositado en el féretro, que fue sellado en presencia del cardenal Camarlengo, los prefectos de los órdenes cardenalicios, el cardenal Arcipreste de la Basílica Vaticana, el cardenal ex secretario de Estado, el cardenal vicario para la diócesis de Roma, el sustituto de la Secretaría de Estado, el prefecto de la Casa Pontificia, el limosnero del Sumo Pontífice, el vicecamarlengo, los representantes de los canónigos de San Pedro, el secretario del Santo Padre y los familiares del difunto Pontífice. El maestro de las Celebraciones Litúrgicas dio lectura al «Rogito». Además, el propio maestro y el Secretario del Sumo Pontífice cubrieron el rostro del difunto Pontífice con un velo de seda blanca. Seguidamente, el cardenal Camarlengo asperjó el cadáver con agua bendita. Por último, el mismo maestro colocó en el féretro una bolsa con algunas medallas acuñadas durante el pontificado del difunto Santo Padre junto con un tubo que contenía el Rogito, provisto del sello de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice.

La misa de exequias fue concelebrada en la zona más elevada de la Plaza de San Pedro por el eminentísimo señor cardenal Joseph Ratzinger, decano, ante el cadáver del Sumo Pontífice, junto con los eminentísimos señores cardenales. Flanqueaban el altar un número extraordinario de delegaciones de naciones y de organizaciones internacionales, arzobispos y obispos, delegados de las demás Iglesias y Comunidades eclesiales y amigos personales del Sumo Pontífice. Numerosísimos sacerdotes y fieles abarrotaban la amplísima plaza llorando y rezando, al tiempo que otros, debido a la gran afluencia de gente, seguían la ceremonia reunidos en varios puntos de la ciudad con la ayuda de pantallas gigantes expresamente dispuestas para la ocasión. Tras la lectura del Evangelio, el decano del Sacro Colegio pronunció la homilía

(Sigue el texto de la homilía).

Una vez efectuada la súplica especial de las Iglesias orientales, se pronunció el último saludo. Tras ello, los restos morales del Sumo Pontífice fueron trasladados nuevamente al interior de la Basílica Vaticana e inhumados en la Cripta cerca de la tumba de San Pedro y en el mismo lugar donde estuvo enterrado el cuerpo del beato Juan XXIII. El cardenal Eduardo Martínez Somalo, Camarlengo de la Santa Romana Iglesia, dirigió en la Basílica de San Pedro la Tercera Estación ante el sepulcro de Juan Pablo II.

(Sigue la relación de los participantes).

Una vez concluida la inhumación, el notario del Cabildo de la Basílica Vaticana, el reverendísimo monseñor Tommaso Giussani, redactó el acta auténtica de la inhumación y la leyó a los presentes.

[Traducción realizada de la revista «Ecclesia»]

 

 
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